Una curiosidad. ¿Saben ustedes por qué le llaman polvo al polvo sexual? Le llaman polvo porque antiguamente los elegantes solían tomar rapé o polvo sevillano para estornudar, que eso estaba tan de moda entonces como ahora meterse una raya. Cuando les apetecía, se iban a un saloncito aparte a echar un polvo sevillano; es decir a esnifar rapé. Con el tiempo, no sólo se iban al reservado para meterse rapé por la nariz, sino que se llevaban a una señorita para meterle lo que se dejara. Así nació la expresión echar un polvo.
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Decía un personaje de un cuento de Allan Poe: "Pero de la metamorfosis de la crisálida tenemos conciencia". Y le respondía su interlocutor: "Nosotros, sí, pero no la crisálida". Como la crisalida, tampoco nosotros tenemos conciencia de nuestras posibles infinitas metamorfosis. Somos medianamente conscientes de lo que somos aquí yahora, pero nos hemos olvidado por completo de lo que fuimos antes de ser lo que ahora somos y de llegar aquí. También nos olvidaremos de este que hoy somos cuando una nueva muerte o una nueva metamorfosis nos transforme de gusanos en mariposas o en ángeles. Nuestra memoria parece que no da más que para una vida, y a veces ni eso.
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Mi madre, que me encuentra más delgado
y se preocupa porque tengo ojeras.
Mi padre, cada día más distante,
y, sin embargo, cada vez más cerca.
Mi hijo, que aparece con sus ganas
de vivir, y me rompe los esquemas.
Y, aunque lo dudes, tú,
que me soportas o que te rebelas
cuando reniego o callo, que compartes
mi malhumor y mis miserias.
Y poco más... Es todo lo que puedo
llamar amor a los cuarenta.
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Como el amor, el arte, los deseos,
los sueños, la aventura o la batalla,
la vida -este viaje sin retorno-
lo es todo, mientras dura,
y luego nada.
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Por esta senda,
que llaman vida, todos
vamos a tientas,
igual que un ciego.
En ceniza terminan
todos los fuegos.
servido por rojoynegro
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1
La misma ausencia.
Como calcada de otra,
llega la noche.
2
Atiza el fuego.
El alma, como siempre,
abriga poco.
3
Quemas la vida
y el humo del recuerdo
te hace llorar.
servido por rojoynegro
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Este muchacho de la foto, párvulo y dócil en la portada del libro, se dice descendiente de Colón; y por tanto, vagamente emparentado con la inquietud genovesa, con el afán viajero y el temblor vagabundo de aquel hijo precoz del orbe renacentista. Ignoramos si esto es cierto o no, si es hecho verídico o fábula de tierra adentro. Lo indiscutible es que Javier Salvago, su áspera poesía de estirpe becqueriana, tiene mucho de ese fuego errabundo, de aquella verdad indócil, que llevó a don Cristóbal a transitar un mar poblado por espectros. ¿Cuánto hay aquí de herencia genética, de azar repetido en los espejos? Eso es algo que a nadie importa. Conviene, sin embargo, recordar que estas Memorias de un antihéroe no son sino la prosa, el dato, la minucia, de cuanto viene cantado y contado en los poemas de este mozo terrible que se asomó al abismo.
Javier Salvago, Premio Nacional de la Crítica, Premio Luis Cernuda de poesía, Premio Juan Carlos I, etcétera, viene contaminado ya por la modernidad suicida de Manuel Machado, por la oscura elegancia y el decir claro, octosílabo, urgentísimo, de un Bécquer descomunal y amargo. Quiero decir que en la poesía de Salvago (también en estas memorias prematuras), no es sólo la claridad, el metro breve, la frase al uso, lo que nos busca y acucia desde primera hora.
También es un sentido religioso, el escalofrío pánico del mundo, que nos lleva a entregarnos a la disolución, como antes, en una infancia a salvo, nos llevó a un débil espejismo de pureza. Así pues, en las memorias de Salvago, escritas en una prosa funcional, hollada y transformada por el asomo lírico, lo que encontramos es una dilatada narración de la caída: caída del niño en las veredas del hombre, y caída del infante religioso, secretamente anudado, acordonado, a la locuacidad silente de las cosas, en una turbiedad que no es sino la confusión del siglo. Digamos que entre las memorias de Cellini y las de Torres Villarroel, entre la voz desgarrada de Villon o de Bloy y el orgulloso testimonio de Pepys o de Johnson, las Memorias de un antihéroe responden a la confesionalidad, al dolorido recuento de temores e injurias, que abroquelan el bulto de cualquier existencia. Salvago, por aclararnos, escribe para la redención. Pero esa redención, la explicación y el orden de una vida ya adulta, no dejan de tener algo de súplica, de invención, de tarea cumplida que ahora recapitulamos.
Las biografías, todas las biografías, adolecen de este peligro (el peligro de un yo compacto y sin fisuras, la sospecha de que la vida viene escrita ya desde un remoto arcano), asuntos todos que Javier Salvago esquiva con dignidad en este conmovedor recuento de sus perplejidades, dando no el relato hilvanado, sino el cruce de estampas, la errática gavilla de sus amores y desistimientos. No es casualidad, por tanto, que las memorias de Jung influyeran decisivamente en un Salvago joven, esquivo, abrasado por el alcohol, que huía de su reflejo en los escaparates. Jung es quien modernamente nos devuelve el misterio, la entraña del mito, la íntima vinculación del hombre y lo inorgánico. Y aquel poeta de los 70, a la luz áspera del vino, quizá buscara la vieja concordancia infantil, el claro orden materno, que perdimos con el primer espasmo adolescente.
Salvago, pues, aquel Salvago de sus primeros poemas, y este Salvago maduro que ahora se escruta en las memorias, no hizo sino huir, a través de cuerpos femeninos y ciudades hiperbóreas, del rumor injurioso de la vida. Si lo consiguió o no es algo que cae fuera de estas páginas. A su poesía me remito. A los recuerdos de ese niño que nos mira, sin saberlo, desde el frío de los 50.
MANUEL GREGORIO
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La soledad no existe.
Dicen que es sólo un tema
que pone el tono triste
en algunos poemas.
Me he plantado mi abrigo
mejor, frente al espejo,
y he salido a la calle
con un corazón nuevo.
Tanta gente... Imposible
que alguien pueda dudarlo.
La soledad no existe
nada más que en los tangos.
En la mesa vecina
del café, una enfermera
le cuenta a sus amigos
detalles de una juerga.
Pasan dos quinceañeras
y en sus ojos hay algo
de gatitas en celo
con la fiebre del sábado.
La soledad... Mentira.
La niegan las parejas
que en los bancos del parque
se muerden y se estrechan.
La soledad no existe.
Ya ves, sólo es un tema
que pone el tono triste
en algunos poemas.
servido por rojoynegro
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