MONSTRUOS
Decía Goya que el sueño de la razón engendra monstruos. Pero me temo que más monstruos engendra la fama; esa gigantesca e incesante fábrica de monstruos que, de la noche a la mañana, convierte en estrellas y mitos vivientes a adolescentes torpes e inseguros, jovencitos genialoides, chicas anoréxicas, músicos de oído, deportistas con gancho, presentadores con carisma y vividores con cara de cemento dispuestos a todo. Gente con más o menos gracia, con más o menos talento o preparación, que hasta ayer andaba por el mundo tan despistada y perdida como cualquiera, luchando anónimamente por abrirse paso, por levantar cabeza; chicos y chicas condenados al paro o a un trabajo mediocre, que de golpe se sienten tocados por el mágico dedo de la fama y se ven viajando en limusinas y jet privados, iluminados por la deslumbrante luz de los focos, aclamados y perseguidos por las masas. Gente del mismo barro que tú que comienza a inflarse, a flotar, a elevarse como si se creyera su propia publicidad, su mentira, como si realmente fuera especial, divina, como si hubiera nacido para ser servida, mimada, adorada.
La fama vuelve loco al más pintado. Hay que tener los pies muy bien plantados en la tierra para no dejarse arrastrar por la locura de los fans, por la insaciable voracidad del público, por los halagos de los aduladores. Hay que tener el ego muy bien domado para que no se desboque cuando uno se siente objeto de admiración y deseo, ombligo del universo, blanco de las miradas y la atención del mundo. Pero no es fácil. Lo fácil, y lo humano, es creérselo, emborracharse de éxito, perder el sentido de la realidad y dejar que la fama haga su trabajo y nos convierta en monstruos narcisistas, egocéntricos, caprichosos, fatuos; monstruos que dicen amar a la humanidad, por ejemplo, pero que desprecian a los seres humanos con los que conviven diariamente, que van por el mundo pisoteando botones, conserjes, camareros, secretarias, azafatas, chóferes y todo insignificante mortal que revolotea a su alrededor. Monstruos, en fin, engendrados en la fábrica de monstruos de la fama por nosotros, por nuestra mitomanía, por esa enfermiza necesidad de crear ídolos de barro a los que adorar. Hasta que nos cansamos del muñeco.

silvina dijo
''No hay fama si no hay consumo ''. Un saludo
3 Diciembre 2006 | 04:41 AM