Categoría: HISTORIAS DE FANTASMAS
16 Marzo 2007
Mi abuela Encarnación estaba ciega, pero no siempre lo estuvo. Quiero decir que perdió la vista siendo ya una mujer mayor, al parecer, a causa de una inyección que le recetó un médico. La reacción le produjo unas fuertes calenturas que la sumieron en una oscuridad de la que ya no salió. Yo la recuerdo siempre ciega, moviéndose de un lado a otro de la casa con las manos ligeramente extendidas para orientarse, pero rehusando en lo posible cualquier ayuda. Era una mujer de carácter y su orgullo no le permitía sentirse un estorbo ni ser una carga para nadie.
A poco de quedarse ciega, estaba un día sentada en el comedor de mi casa, sola, cuando de pronto sintió a su lado una agobiante presencia. Alarmada, preguntó:
-¿Quién anda ahí?
A lo que le respondió una voz de ultratumba:
-Soy yo, Encarnación, tu hermano.
Mi abuela alargó la mano y efectivamente tocó una frente ardiente y sudorosa, como de alma en pena que purga sus pecados en las calderas de Pedro Botero. Tras un primer estremecimiento, lo cogió por la sudorosa cabellera y, sin soltarlo, se levantó y se dirigió a la puerta del comedor:
-Yo no tengo ningún hermano -dijo-. Mi hermano está muerto.
De un empujón, arrojó lo que fuera aquella cosa al patio, y lo cierto es que fuera lo que fuere, no la volvió a molestar.
(Fragmento del libro inédito “Memorias de un antihéroe”)
servido por rojoynegro
8 comentarios
compártelo
12 Diciembre 2006
Mi abuelo ya había muerto, pero mi tío Rafael vivía todavía en la casa paterna (la que luego sería mi casa) con sus hermanas y hermanos que aún permanecían solteros. Por aquellos días se había hundido en el pueblo un pozo en construcción, sepultando a los obreros que trabajaban en él, que perecieron en el trágico accidente. Mi tío, siempre curioso, se había asomado al pozo y había visto los maltrechos cadáveres de las víctimas, visión que le estremeció profundamente y le provocó más de una pesadilla.
Una noche de aquellas se acostó cansado y no tardó en dormirse. Cuando llevaba alrededor de una hora durmiendo, se despertó sobresaltado, con la extraña sensación de que le habían movido la cama. Encendió la luz, miró alrededor y no observó nada extraño. Todo estaba en su sitio: la percha de esparraguera con su ropa colgada, en un rincón; el tocador, en el que aseaba cada mañana antes de salir de la habitación, con su palangana y su jarro de porcelana; la cómoda de caoba; la vieja y enorme maleta, junto a la puerta, sobre una silla... Achacó el malestar a una mala digestión y, tratando de serenar el ánimo, decidió afeitarse para tener así adelantada la tarea al levantarse. Se afeitó sin prisa y, al concluir, se lió un cigarro, se lo fumó y se volvió a acostar.
Cuando se estaba quedando dormido, tuvo de nuevo la desagradable sensación de que le estaban moviendo la cama. Abrió los ojos y, con horror, pudo ver esta vez un enorme esqueleto, sentado sobre la vieja maleta, que lo miraba enigmática y fijamente. Sintió cómo se le erizaba el vello en los brazos e incluso cómo se le ponía de punta la ya escasa cabellera.
Quería salir de allí, pero el problema era que el esqueleto estaba junto a la puerta, casi tapándola, por lo que tendría que pasar a su lado, idea que no le hacía ninguna gracia dada la inquina con que éste parecía mirarlo. Temblando como un flan consiguió, al fin, que sus piernas le obedeciesen y se encaminó muy despacio hacia la salida, mientras el esqueleto lo seguía atentamente con las vacías cuencas de sus ojos. Cuando casi podía sentir el frío aliento de aquella siniestra aparición en su nuca, lanzó un grito, atravesó la puerta de un salto y echó a correr despertando con su alboroto a toda la casa.
(Fragmento del libro inédito “Memorias de un antihéroe”)
servido por rojoynegro
1 comentario
compártelo
11 Diciembre 2006
Aquella tarde estábamos reunidos en el piso de una hermana de mi amigo Ricardo, que era enfermera y que estaba casada con un médico de color, creo que de Martinica. En un momento, alguien dijo que estaba aburrido de hacer siempre lo mismo, que por qué no experimentábamos algo nuevo, y yo sugerí una sesión de espiritismo. Ninguno de los presentes sabíamos nada del tema. El doctor negro era, en principio, el que menos creía en el asunto, que tachaba de mera superstición, puesto que no había nada más allá de la muerte, sólo polvo y olvido. De todos modos, algunos insistieron en probar y finalmente improvisamos una sesión.
Apagamos las luces, encendimos algunas velas, nos sentamos alrededor de la mesa-camilla y nos cogimos las manos formando un círculo. Debo decir que hacía una tranquila y espléndida tarde. Yo me erigí en improvisado maestro de ceremonia. Por aquel tiempo había escrito un poema inspirado en la lectura de Jung que no recuerdo del todo, pero que comenzaba diciendo: “Viejo sabio que habitas en el fondo de nuestros corazones, tú que has nadado en las lagunas de mi cerebro…” Lo recité con todo el convencimiento del que fui capaz, y puedo asegurar que aquella noche allí pasó algo.
Anocheció de pronto y se levantó un violento viento que apagó las velas. Nos quedamos a oscuras y algunos comenzaron a gritar histéricos. Intentábamos encender la luz, pero no había luz, se había ido. Fuera soplaba un vendaval y la repentina tormenta comenzó a descargar con fuerza, diríase que casi con ira. Nosotros gritábamos, muertos de miedo, apretándonos los unos contra los otros en la oscuridad. Inesperadamente vino la luz y pudimos vernos los rostros: estábamos aterrados. El doctor de Martinica, que hasta unos momentos antes se había estado riendo de la superstición, estaba blanco y tenía la rizada cabellera de punta.
Repentinamente comenzó a sonar el teléfono. No era el sonido habitual, sino un sonido chirriante y continuo que no cesaba cuando descolgábamos el auricular. Al desesperado sonido del teléfono se unió el angustioso toc-toc de una especie de corazón gigante. Fuimos a la cocina para comprobar si era el motor del frigorífico, pero el sonido del frigorífico era distinto, no tenía nada que ver. Aquello era como los latidos de un corazón muy grande que presionara sobre la casa.
Todo era una locura y nosotros estábamos locos, fuera de sí. Íbamos de un lado a otro, de una habitación a otra, tropezando con nosotros mismos y gritando, hasta que no lo pudimos soportar más y nos echamos a la calle casi sin recoger la ropa de abrigo. La hermana de Ricardo y su marido juraron no volver aquella noche a la casa y decidieron buscar un hotel. Los demás comenzamos a caminar por las calles, todos muy juntos, como una piña, protegiéndonos los unos a los otros. La mayoría acababa de descubrir el terror por primera vez en su vida.
Pero no todo había acabado. La tormenta había desaparecido tan inesperadamente como vino y había dejado de llover. Unos metros más adelante nos topamos con una ambulancia detenida en medio de la calle. Había un grupo de curiosos alrededor de ella. Al parecer, una señora se había arrojado por el balcón de su piso y estaba gravemente herida. No pudimos evitar sentirnos responsables de aquel accidente, aunque sólo fuera por el efecto mariposa, y el pánico se apoderó de nosotros aún más.
Teníamos la sensación de que no tocábamos el suelo cuando andábamos. Era como si flotásemos o como si caminásemos sobre nubes. Unos a otros nos fuimos acompañando a casa. Primero dejamos a las chicas y luego fuimos dejando a los chicos. Ricardo y yo, que vivíamos en la misma calle y casi éramos vecinos, fuimos los últimos en retirarnos.
Aquella noche me acosté abrazado a un crucifijo grande que había sobre un mueble del salón de la casa de mis tías. Hasta que amaneció estuve rezando, con los ojos muy abiertos, para que no sucediera nada malo, para que parase aquella fuerza que inconscientemente parecía que habíamos desatado.
(Fragmento del libro inédito “Memorias de un antihéroe”)
servido por rojoynegro
sin comentarios
compártelo
20 Noviembre 2006
En primero, solía comulgar con bastante frecuencia, lo que me daba una cierta fama de santito, que detestaba, porque no lo era. Yo era un pequeño salvaje que cazaba gatos y le había abierto la cabeza a mi primo Rafael, aunque al mismo tiempo e influenciado por la época fuera un niño religioso, un Tarcisio, que practicaba la visita al Santísimo Sacramento y los primeros viernes de mes. Había sufrido muchas veces desfallecimientos y mareos a consecuencia del obligado ayuno desde la noche anterior para poder recibir el Cuerpo de Cristo. El contacto diario con los curas, el hartazgo de misas y probablemente la edad terminaron, sin embargo, alejándome de todo aquello.
Seguramente no era el único que harto de misas y del ejemplo poco edificante de los curas, que predicaban una cosa y hacían otra bien distinta, se iba enfriando en su fervor religioso. Los curas lo sabían y para reavivar el fuego y hacernos volver al redil recurrían al miedo y al lavado de cerebro que suponían los ejercicios espirituales. Durante unos días se suspendían las clases y se dedicaba todo el tiempo a la meditación, la oración y la penitencia. Venían predicadores que nos ponían literalmente los vellos de punta con sus terroríficos sermones.
En uno de ellos, dos amigos, empedernidos pecadores, bromeaban con la muerte y con el más allá hasta el punto de llegar a hacer una apuesta. El que muriese antes, se aparecería al otro para contarle si había o no había otra vida. Ocurrió que uno de ellos murió bruscamente, en un accidente, y una noche se le apareció al otro amigo cuando regresaba a casa después de una juerga. Envuelto en llamas y con tétrica voz de ultratumba le dijo:
-He venido para decirte que sí hay otra vida y un terrible infierno para los pecadores como nosotros.
Dicho lo cual lo cogió con su ardiente mano por la muñeca, como si pretendiera arrastrarlo con él a las profundidades del averno donde cumplía eterna condena.
El predicador terminaba diciéndonos que la prueba de que aquello no había sido una alucinación ni una pesadilla era que el amigo que había recibido la infernal visita llevaba desde entonces en su brazo la marca de una imborrable quemadura. Lógicamente se convirtió, confesó sus pecados y vivió el resto de sus días en santa penitencia.
Después de oír estas tétricas historias no había alumno que no corriera a confesar sus pecados, hacer firme propósito de enmienda y prometer solemnemente no volver a pecar.
(Fragmento del libro inédito “Memorias de un antihéroe”)
servido por rojoynegro
sin comentarios
compártelo
17 Noviembre 2006
En las noches de invierno, después de la cena, nos sentábamos alrededor de la mesa-camilla de la sala de estar y allí, al calor del brasero, se improvisaban largas tertulias en las que se contaban historias de la guerra o de aparecidos, preferentemente. Bastaba que soplase el viento o que cayeran unas gotas de lluvia para que el pueblo se quedara a oscuras, en ocasiones durante toda la noche. Entonces recurríamos a la parpadeante luz de velas y candiles que hacían mucho más tétrico el ambiente. Además de mis padres y de algunos primos míos mayores, solían estar presentes en aquellas tertulias don José el cura, don Francisco, el jefe de la policía, el boticario y algún que otro amigo de la familia.
La sala de estar, presidida por el retrato de mis abuelos paternos, comunicaba con una pequeña salita y ésta, a su vez, con una gran sala que durante mucho tiempo fue dormitorio mío y de mis hermanas, pero que, por entonces, era comedor. Este comedor comunicaba con otra sala, que por aquellas fechas era una especie de tocador (fue aquí donde mi tío Rafael tuvo, años atrás, la aparición del esqueleto) y finalmente había un pasillo que daba por un lado al patio, por otro a la cocina y por el otro a una puerta que comunicaba con los corrales.
De noche, cuando se terminaba en la cocina, teníamos la costumbre de ir cerrando y atrancando puertas y ventanas para tener más controlado el espacio en el que nos movíamos. Es decir que, de algún modo, aislábamos todo la parte del fondo de la casa, que era la más expuesta a que se colasen gatos o a que pudiera entrar alguien aprovechando el abandono de los corrales.
Pues bien, aquella noche estábamos de tertulia en la sala de estar, cuando de pronto se escuchó, en lo que entonces era comedor, un ruido como si hubiese entrado un tornado y estuviese removiendo todos los muebles de la estancia. Nos quedamos con la boca abierta, mirándonos los unos a los otros, sin reaccionar. Pasado el estupor de la sorpresa, mi padre, el jefe de la policía y el cura se dirigieron al comedor, seguidos de todos los demás, y una vez allí descubrimos que todo estaba en orden. La puerta que comunicaba con la habitación donde mi tío Rafael viera el esqueleto estaba debidamente cerrada con cerrojo, como lo estaba la ventana que daba al patio. Las sillas, la mesa, el aparador, todo estaba en su lugar. Sólo había un pequeño detalle que no encajaba.
Aquel día mi madre había hecho torrijas y las había dejado sobre la mesa del comedor en un plato hondo cubierto con otro plato, como era su costumbre. Efectivamente, allí estaban los platos, uno sobre el otro, perfectamente encajados. Pero, para sorpresa y terror de todos, las torrijas, que debían estar dentro, aparecían esparcidas por el suelo como si hubiesen sido absorbidas y dispersadas por la fuerza de un torbellino. Misterio, misterio.
Esta habitación, de la que ya he dicho que durante mucho tiempo fue dormitorio mío y de mis hermanas, sobre todo de noche, parecía que se cargaba de una fuerza a la que los hipersensibles, como yo, no podíamos ser ajenos. Había algo en el ambiente que hacía que, de pronto y sin saber por qué, los vellos se te pusieran de punta y sintieras como una invisible presencia a tu espalda. Años más tarde -yo debía tener alrededor de los veinte-, cuando abandonamos esa casa y se vendió para que construyeran sobre sus cimientos una nueva vivienda de cuatro pisos, se dijo que los obreros habían encontrado el cadáver antiguo de una niña, enterrado en el subsuelo que correspondía a aquella parte de la casa.
¿Era aquella niña la que jugaba, a su manera, con nosotros haciendo extraños ruidos para llamar nuestra atención o dispersando las torrijas, como aquella noche? ¿Fue ella la que me llamó tres veces una madrugada con su voz infantil y lejana?… Quién sabe.
(Fragmento del libro inédito “Memorias de un antihéroe”)
servido por rojoynegro
2 comentarios
compártelo