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rojoynegro

Categoría: DIOS Y EL COSMOS

29 Noviembre 2006

LA MÁQUINA DEL TIEMPO

Hace unos años los científicos que utilizaron el telescopio espacial Hubble pudieron observar el fin de “la edad oscura” del universo, una época que se extendió mil millones de años tras el Big Bang, durante la cual el cosmos sólo era una mezcla de materia oscura y de gas antes de la formación de las galaxias. Los investigadores pudieron distinguir una luz emitida hace unos trece mil millones de años desde estrellas y galaxias que acababan de hacerse visibles.

Aquellos científicos nos estaban diciendo que disponemos de una genial máquina del tiempo que nos permite remontarnos trece mil millones de años atrás y contemplar el nacimiento de las galaxias. O quizá algo más maravilloso todavía: que lo que sucedió hace trece mil millones de años sigue sucediendo todavía, lo que quiere decir que el tiempo es algo subjetivo y que, aunque para nosotros pase, no pasa. Todo lo que ha sido una vez permanece en alguna dimensión. Aunque dentro de este planeta azul que es nuestra casa estemos sometidos a la tiranía del tiempo, a sus estaciones y edades, fuera de aquí reina la eternidad.

Cuando yo era más joven y más místico aprendí de un maestro oriental una definición maravillosa y terrible de la eternidad: “la existencia infinita de cada momento del tiempo”. Todo lo que fue existiendo infinitamente: cada beso, cada bofetada, cada caricia, cada lágrima, cada palabra, cada instante registrado en la eternidad para siempre. Y todo simultáneamente: lo que es, lo que fue y lo que será, el principio y el fin.

Dios sigue creando los ángeles y la luz, como el primer día de la Creación, pero a la vez lleva una eternidad descansado en su séptimo día. Todo ha sido ya creado y destruido, pero todo se sigue creando eternamente. Nuestro sol se apagó hace una eternidad, pero en algún lugar del universo unos científicos con un Hubble lo ven brillar por vez primera en un humilde rincón de una joven Vía Láctea.

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27 Noviembre 2006

DE IO

Desde que leí El Retorno de los brujos, me aficioné a pensar que los dioses llegados del cielo, origen de nuestras mitologías y religiones, no son Dios, sino seres extraterrestres de una civilización superior que arribaron con sus naves a la Tierra y la colonizaron hace millones de años. Reinaron sobre la humanidad hasta que un día, por alguna razón, provocaron una catástrofe atómica -el famoso diluvio universal- que arrasó el planeta y de la que sólo se salvaron algunos hombres y algunas especies. Los dioses habrían abandonado previamente la Tierra, para no volver jamás, o quizá perecieron con su sofisticada ciencia y su tecnología, de las que el hombre siempre guardó una oscura memoria. Esta memoria, al irse despertando, es la que nos permite inventar, descubrir, progresar.

Por aquellos años -en los que yo era un joven fantasioso con la cabeza llena de pájaros y dispuesto, como Oscar Wilde, a creer en todo a condición de que fuera increíble-, imaginé una descabellada teoría sobre el origen de aquellos seres. Para mí, estaba claro como el agua que los dioses procedían de Io, una de las lunas de Júpiter. La misma palabra dios lo delataba: es decir, “de Io”, “d io”, “dios”. Ya sé que es una chaladura, porque en aquellos remotos tiempos ni Io se llamaba Io, ni existía el español ni siquiera otras lenguas mucho más antiguas. Pero yo disfrutaba imaginando que uno de aquellos seres bajaba resplandeciente de su nave y decía a los atónitos y aterrados humanos que salían a recibirlo: “Soy de Io”. Los hombres se miraban y se decían unos a otros: Es “de io”, es “dio”, ¡es dios!

Hace tiempo que reconocí que mi genial teoría no tenía ni pies ni cabeza. Así que llegué a olvidarla. Pero no hace mucho los científicos de la NASA dijeron que tenían poderosas razones para creer que Europa, una de las lunas de Júpiter, alberga bajo su costra de hielo un océano. Para muchos científicos Europa es uno de los lugares con más probabilidades de encontrar vida fuera de la Tierra. El otro es curiosamente Io. Quién sabe si, después de todo, todavía veremos llegar una nave y bajarse de ella un ser resplandeciente que nos saluda diciendo: “Hola, soy de Io”.

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26 Noviembre 2006

VÉRTIGO

No recuerdo quién fue el viejo filósofo que dijo que vivimos dentro de un animal. Fuera quien fuese, puede que no anduviese descaminado. Si el universo –dentro del que vivimos- nace, se expande o crece, no sabemos si se reproduce y seguramente muere, lo lógico sería pensar que efectivamente se trata de un animal, de un ser vivo, puesto que no otra cosa es estar vivo sino nacer, crecer, multiplicarse acaso y morir.

Estamos acostumbrados a mirar al cosmos como algo frío, inorgánico, como una especie de gran teatro donde se representa la tragicomedia de la vida humana. Pero ¿y si ese grandioso telón de fondo fuera en verdad un animal visto desde la perspectiva del más insignificante de los microbios? Todos estos millones de soles, de planetas, todas estas constelaciones y galaxias, ¿no podrían ser la estructura molecular de ese animal, de ese ser vivo en cuyo interior habitamos como microscópicos parásitos? Imaginemos la visión que puede tener de nosotros el más pequeño virus imaginable. ¿Para esa mínima criatura, no seremos inmensos? ¿No estaremos llenos de mundos, de soles, de planetas?

Si admitimos que el universo es un ser vivo y si -como decía Protágoras- el hombre es la medida de todas las cosas, podemos aceptar que el universo es un ser vivo a la medida del hombre, a su imagen y semejanza. El Big Bang sería, pues, el momento de su concepción en el vientre de una madre cósmica. Desde entonces, se estaría expandiendo hasta que, como todo ser vivo, llegue a la plenitud y empiece a degenerar, a envejecer, para morir finalmente y acabar convertido en ceniza.

Visto así, podemos afirmar que el universo es limitado y finito. Más allá de él hay otros universos semejantes (otros seres vivos) y por encima de ellos un universo de orden superior que los contiene a todos. Este juego de muñecas rusas se repite sin fin: infinitos universos que contienen a su vez otros universos que contienen otros universos...

Uno de esos infinitos universos eres tú. Otro yo. Otro cada uno de los 6.000 millones de habitantes del planeta Tierra. ¿No da vértigo sólo pensarlo?

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Confieso que he vivido y que he bebido. Poeta, guionista de tv, columnista.

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